¿Sabemos como comunidad hacia dónde vamos?

0
2763

En mi corta vida (o al menos en mis primeros dieciséis años) siempre supuse que nuestra misión como judíos chilenos era ser los “embajadores” de Israel. Todas las fichas tanto de la comunidad como de nuestro colegio estaban puestas en la hasbará (“esclarecimiento” o defensa de la imagen de Israel en el mundo): El 100% de las charlas y capacitaciones extracurriculares que teníamos del área judaica eran sobre el conflicto.

La premisa de que la hasbará es nuestro propósito fundamental como judíos de la diáspora, la teníamos firmemente implantada en nuestras mentes. “Es que tienen que estar preparados para cuando salgan de la burbuja”, nos repetían y nos siguen repitiendo. Pero, ¿qué es realmente “estar preparados”? ¿Es saber sobre cómo objetar argumentos en contra de Israel y estar conscientes de la existencia de la judeofobia? Claro que sí, no lo niego. Pero hay algo detrás de esta valla infranqueable llamada hasbará: el saber quiénes somos.

Estar preparados para salir de la burbuja es definir nuestra identidad. Es comprender de dónde venimos. Es conocer sobre nuestras fuentes y extrapolarlas a nuestra vida diaria. Es seguir nuestras tradiciones. Es hacer tikún olam. Es respetar al del lado (judío y no judío). Es captar todo lo que nuestro colegio actualmente nos brinda en educación judaica, gracias al cambio de paradigma que se ha desarrollado en el último par de años con el arribo de dos grandes educadores y personas: Jessica Landes y Lucas Lejderman. Ellos con el apoyo de antiguos profesores, encarrilaron la enseñanza judía de nuestro colegio hacia un promisorio futuro.

Evidencia de esto son los nuevos programas educativos de Torat Jaim (saber “vivir y hacer” judaísmo) y Memoria Histórica (un nuevo concepto de lo que es una clase de Historia Judía: relacionar y comparar hechos del pasado con estructuras históricas similares en la actualidad).  Lamentablemente, no pude recibir en mi etapa escolar todo lo que este programa ofrece, pero sí al menos causó en mí un gran impacto en estos últimos dos años en donde sí tuve la oportunidad de vivirlo.

Efectivamente nuestro colegio cambió. El nuevo paradigma de educación judaica está trayendo resultados. Se están formando líderes comunitarios, se está construyendo una identidad colectiva e individual, se está impregnando en todos los alumnos la importancia de recibir educación judía. Lo anterior se ve demostrado en la percepción sobre el significado de la enseñanza judaica para los alumnos de primero medio, la cual fue la primera generación en recibir de lleno el programa de Torat Jaim.

Se ha hecho un trabajo realmente admirable y se ha destapado el verdadero significado de lo que es estar preparados para salir de la burbuja. ¿Pero basta sólo con esto? ¿Nuestra comunidad nos brinda una estructura apta para continuar este cambio de modelo? ¿Hay cierta congruencia entre lo que busca nuestro colegio y lo que busca la comunidad? Todas las fichas de la comunidad siguen estando puestas en la hasbará. Y con esto no basta.

Si aspiramos a una continuidad sólida no basta con forjar nuestra identidad en torno a la hasbará. Que nuestro afán sea ser una de las comunidades más fuertes frente a la asimilación, implica realizar un giro rotundo: debemos replantear nuestros objetivos como comunidad estando conscientes de los cambios que se darán en un futuro cercano y lejano en el mundo actual. En otras palabras tenemos que hacer una planificación estratégica, tal como lo hicieron nuestros pares en México.

La comunidad mexicana se dio cuenta de que la estructura actual no aseguraba un correcto desempeño futuro. Es por esto, que con asesoría de expertos en temas institucionales, las autoridades se sentaron dos años a replantearse la estructura comunitaria. Con esto, México se convirtió en la primera comunidad judía que por iniciativa propia contrató consultoría externa para repensar su funcionamiento. Nuestro par comunitario puso la estrategia en el centro de esta planificación y se comenzó un cuestionamiento profundo del sistema institucional.

¿Dónde estamos parados? ¿Tenemos claro hacia dónde nos dirigimos? ¿Cuál es la mejor forma de llegar a dónde queremos? ¿Hay una coherencia entre lo que se dice y se hace? ¿El integrante de la comunidad entiende claramente cuál es la visión de la organización? Resultados: se ha fortalecido la identidad judeo-mexicana, se ha generado un impacto positivo en la sociedad y se ha generado una comunidad solidaria que integra esfuerzos y genera correlaciones. Hoy la comunidad judía mexicana es la única en el mundo que realizó una planificación estratégica para las próximas décadas a partir de una mirada aterrizada del futuro.

Las circunstancias actuales nos exigen efectuar lo mismo en nuestro país. ¿Es lógico que para tener un futuro auspicioso no haya una autoridad que dirija las instituciones internas de nuestra comunidad? ¿Es acertado hacer un “all in” en la hasbará? ¿De qué sirve tener un gran número de organizaciones que se dedican a prácticamente lo mismo? ¿Hemos hecho una autocrítica con respecto a nuestro egocentrismo al momento de erigir organizaciones? ¿Hemos realizado foros interinstitucionales para el desarrollo de aspiraciones conjuntas y articuladas en torno a un mismo objetivo?

Cuando la identidad colectiva se moldea y define y hay un alineamiento en torno a los mismos objetivos, se obtienen resultados positivos. Simon Sinek, escritor y motivador estadounidense, afirma que “muy pocas organizaciones en el mundo saben por qué hacen lo que hacen”. Y el tener clara nuestra causa va a marcar la diferencia entre una comunidad que se encamina hacia un destino próspero y una que se desmorone con el paso del tiempo.

Nosotros, los jóvenes y niños, ya hemos sido encaminados hacia un porvenir provechoso y existe un compromiso y responsabilidad creciente con la comunidad. Pero, actualmente, nuestro enfoque comunitario no nos abre la cancha para poder desarrollarlo. Vivimos en una sociedad apática, superficial y mediocre, en donde estos tres adjetivos imperan y se oponen frente al resto. Nos cuesta mucho cuestionarnos las configuraciones existentes y con el tiempo cada vez nos volvemos más reacios al cambio.

El colegio se cuestionó su accionar, cambió y esto dio frutos. Se han roto paradigmas y los alumnos nos hemos dado cuenta (o al menos el colegio lo ha estado intentando) de que nuestra misión como judíos pertenecientes a la diáspora no es sólo ser los “embajadores” de Israel, sino que construir colectiva e individualmente nuestra identidad para tener claro hacia dónde vamos.

Ariel Kauderer,

Alumno de Cuarto Medio y ex presidente del centro de alumnos del Instituto Hebreo.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here